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Invitación a no tener temor
de acercarse a los más pobres
Como
todos los años partimos el domingo en la tarde de Pascua de Resurrección
a entregar una cuota de esperanza y fe, con cientos de chocolates
donados por amigos y familiares para los niños que nos esperan alegremente.
La cita es en la periferia sur de Santiago. Es ahí donde se encuentran
por años los Campamentos San Francisco, San Joaquín y Ochagavía;
sin agua potable (un camión aljibe la reparte dos veces por semana);
sin luz eléctrica (se encuentran "colgados" con instalaciones
precarias); sin alcantarillado (enfermedades infectocontagiosas no
son novedad); y que tienen como patio y jardín, microbasurales. Aquí
la educación no es obligatoria para nadie, el domingo nos enteramos
que uno de los niños más talentosos que asiste a cuarto básico del
colegio público cercano, no va más a clases -porque lo tratan de
carroñero por el hecho de vivir en el microbasural- ¡es discriminado
por los mismos pobres!
El desempleo crónico, la delincuencia, la prostitución, la drogadicción
que como vemos aparecen todos los días en los titulares de los medio
de comunicación acá en los campamentos toma rostro, nombre y apellido
conocido. Pero aquí también existen los héroes de carne y hueso que
superan sus dificultades entregando un futuro y una mejor calidad
de vida para sus familias, y que esperan una oportunidad para demostrar
que puede seguir avanzando.
En total suman más de 250 familias, que representan un pequeña parte
de los tres millones de personas que viven con menos de $43.712 al
mes en Chile. Son en definitiva pobres entre los pobres. Los sin
techos, los desesperanzados.
Conocen a Calcuta porque hemos estado con ellos durante cuatro años;
en los trabajos de verano que organizamos en dichos campamentos donde
nos dividimos en tres comunidades y a los que asisten jóvenes de
todo el país en cinco jornadas agotadoras, aprovechando como excusas
para conocernos con los pobladores la realización de actividades conjuntas
como comedores solidarios, festivales musicales, un paseo a la piscina
municipal que significa para muchos la salida del año, operativos
sanitarios que continúan en los mese siguientes, entre otras actividades
de permanencia.
Es desde esta simple experiencia, modesta, en que se forja el principal
objetivo de concretar Calcuta como una vivencia y organizarnos como
un Voluntariado. Es decir, que los estudiantes universitarios contrasten
su mundo habitual con el día a día de quienes viven excluidos. Preguntándose
¿Cuál es la realidad en la cual vivimos?
Deteniéndose desde está perspectiva, para tratar de entender la forma
de relacionarse que tienen los más pobres con Dios, consigo mismo,
con su familia, sus amigos y vecinos, la ciudad y su entorno. Y que
inevitablemente requiere de un examen similar para si mismo, una mirada
a nuestras formas de percibir la vida como jóvenes estudiantes privilegiados.
De esta manera no solo apreciamos un punto de comparación socioeconómica
cuantificable y el que tenemos consciencia desde antes de conocer
como viven materialmente en los campamentos, o los débiles accesos
que tienen a los servicios básicos que promueve el Estado para con
los pobres. Terminamos en gran medida contrastando nuestra propia
realidad y sus relaciones.
Nuestro estilo es escuchar respetuosamente a la persona, el tiempo
que fuese necesario y sin ningún dialogo forzoso ni predeterminado,
¡menos caer en el asistencialismo! como medio para sentirnos aceptados.
De esta forma y sin apresurarnos, generamos confianzas mutuas que
permiten desarrollar hasta hoy lazos de "cercanía" con las
personas de los campamentos dotándonos de un factor diferenciador
a la hora de definirnos.
Pero todo lo anterior no tendría sentido sino nos moviera la Actitud
Cristiana que ante la impotencia -la dificultad- de ver el dolor
que lleva consigo ser pobre.
En dichos Campamentos se ubica la Cruz de Calcuta puesta por nosotros
mismos para dar una potente señal de paz; en simple palabras es decirles
que se encuentra siempre acompañados ante la soledad y el vacío,
"Él que todo escucha, que todo lo puede", que es en buenas
cuentas es nuestro mayor mérito como Calcuta.
Pero hay algo que le hemos apuntado como voluntariado y que tiene
relación con la vivencia, que a pesar de todo somos llamados sin distinción
aun sintiendo la impotencia ante el dolor y que es valido para toda
persona sin importar su condición social. Las personas sufren en
distintos lugares: a veces "sufren atrozmente" y llama a
otra persona. Necesita su presencia. Quizás nos retrae el hecho de
no poder curar. De no poder ayudar. Intentemos de superar ese temor.
Lo importante es ir. Estar al lado de la persona que sufre tal vez
más de la curación, lo que necesita es la presencia de otra persona,
del corazón humano, de la solidaridad humana.
Calcuta, vivir para servir

Rodrigo Orellana Flores
Coordinador |
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