Para ayudar con eficacia

Número 104/año 10
2005
 
 
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Invitación a no tener temor
de acercarse a los más pobres


Como todos los años partimos el domingo en la tarde de Pascua de Resurrección a entregar una cuota de esperanza y fe, con cientos de chocolates donados por amigos y familiares para los niños que nos esperan alegremente.

La cita es en la periferia sur de Santiago. Es ahí donde se encuentran por años los  Campamentos San Francisco, San Joaquín y Ochagavía; sin agua potable (un camión aljibe la reparte dos veces por semana); sin luz eléctrica (se encuentran "colgados" con instalaciones precarias); sin alcantarillado (enfermedades infectocontagiosas no son novedad); y que tienen como patio y jardín,  microbasurales. Aquí la educación no es obligatoria para nadie, el domingo nos enteramos que uno de los niños más talentosos que asiste a cuarto básico del colegio público  cercano, no va más a clases -porque lo tratan de carroñero por el hecho de  vivir en el microbasural-  ¡es discriminado por los mismos pobres!

El desempleo crónico, la delincuencia, la prostitución, la drogadicción que como vemos aparecen todos los días en los titulares de los medio de comunicación acá  en los campamentos toma rostro, nombre y apellido conocido. Pero aquí también existen los héroes de carne y hueso que superan sus dificultades entregando un futuro y una mejor calidad de vida para sus familias, y que esperan una oportunidad para demostrar que puede seguir avanzando.

En total suman más de 250 familias, que representan un pequeña parte de los tres millones de personas  que viven con menos de $43.712 al mes en  Chile. Son en definitiva pobres entre los pobres. Los sin techos, los desesperanzados.

Conocen a Calcuta  porque hemos estado con ellos durante cuatro años; en los trabajos de verano que organizamos en dichos campamentos donde nos  dividimos en tres comunidades y a los que asisten jóvenes de todo el país en cinco jornadas agotadoras, aprovechando  como excusas para conocernos con los pobladores la realización de actividades conjuntas como  comedores solidarios, festivales musicales, un paseo a la piscina municipal que significa para muchos  la salida del año, operativos sanitarios que continúan en los mese siguientes, entre otras actividades de permanencia.

Es desde esta simple experiencia, modesta,  en que se forja el principal objetivo de concretar Calcuta como una vivencia y organizarnos como un Voluntariado. Es decir, que los estudiantes universitarios contrasten su mundo habitual con el día a día de quienes viven excluidos. Preguntándose   ¿Cuál es la  realidad en la cual vivimos?

Deteniéndose desde está perspectiva,  para tratar de entender la forma de relacionarse que tienen los más pobres  con Dios, consigo  mismo, con su familia, sus amigos y vecinos, la ciudad y su entorno. Y que inevitablemente requiere de un examen similar para si mismo, una mirada a nuestras formas de percibir la vida como jóvenes estudiantes privilegiados. De esta manera no solo  apreciamos un punto de comparación socioeconómica cuantificable y el que tenemos consciencia desde antes de conocer como viven materialmente en los campamentos, o los débiles accesos que  tienen a los servicios básicos que promueve el Estado para con los  pobres.  Terminamos en gran medida contrastando nuestra propia realidad y sus relaciones.

Nuestro estilo es escuchar respetuosamente a la persona, el tiempo que fuese necesario y sin ningún dialogo forzoso ni predeterminado, ¡menos  caer en el asistencialismo! como medio para sentirnos aceptados. De esta forma y sin apresurarnos, generamos confianzas mutuas que permiten desarrollar hasta hoy lazos de "cercanía" con las personas de los campamentos dotándonos de un factor diferenciador a la hora de definirnos.

Pero todo lo anterior no tendría sentido sino nos moviera la Actitud Cristiana que ante la impotencia  -la dificultad- de ver el dolor que lleva consigo ser pobre.

En dichos Campamentos se ubica la Cruz de Calcuta puesta por nosotros mismos para dar una potente señal de paz; en simple palabras es decirles que se encuentra  siempre  acompañados ante la soledad y el vacío, "Él que todo  escucha, que todo lo puede", que es en buenas cuentas es  nuestro mayor mérito como Calcuta.

Pero hay algo que le hemos apuntado como voluntariado y que tiene relación con la vivencia, que a pesar de todo somos llamados sin distinción aun sintiendo la impotencia ante el dolor y que es valido para toda persona sin importar su condición social.  Las personas sufren en distintos lugares: a veces "sufren atrozmente" y llama a otra persona. Necesita su presencia. Quizás nos retrae el hecho de no poder curar. De no poder ayudar. Intentemos de superar ese temor. Lo importante es ir. Estar al lado de la persona que sufre tal vez más de la curación, lo que necesita es la presencia de otra persona, del corazón humano, de la solidaridad humana.

Calcuta, vivir para servir




Rodrigo Orellana Flores

Coordinador
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