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El poder de la paradoja
“14 lecciones políticas de la vida de Patricio Aylwin",
de Margarita Serrano y Ascanio Cavallo, Norma, 302 págs.
He
leído con interés el nuevo libro que publica el ex Presidente don
Patricio Aylwin, cuyos materiales básicos fueron las entrevistas e
investigaciones realizadas por un equipo de alumnos y profesores del
Taller de Productos Periodísticos de la Universidad Adolfo Ibáñez.
Los experimentados periodistas Margarita Serrano y Ascanio Cavallo,
con nuevas indagaciones, dieron forma al libro como una larga entrevista.
Se trata de una obra que en 14 capítulos repasa la vida de uno de
los políticos vivos más destacados en nuestro país. Sin seguir una
secuencia histórica, las preguntas revisan los momentos más importantes
del ex Presidente, desde sus inicios como estudiante de la carrera
de Derecho en la Universidad de Chile, pasando por su condición de
Presidente del Partido Demócrata Cristiano, en diversas oportunidades,
y su Presidencia del Senado en la crítica época de la Unidad Popular,
incluyendo, naturalmente, la Presidencia de la República entre 1990
y 1994.
Lo primero que sorprende en Aylwin es la precisión, claridad y lucidez
de sus respuestas, que delatan al profesor, al hombre estudioso y
al profesional entendido y acucioso. Esta circunstancia no debería
sorprender, si se trata de una entrevista a un hombre como Patricio
Aylwin, que llegó a la primera magistratura y cuya inteligencia y
habilidad política son ampliamente reconocidas. Pero ocurre que mantener
tales cualidades a los 85 u 87 años -edad del entrevistado al responder-
es una gracia que debe destacarse. Sólo en una parte del libro, tal
como quedó editado, puede pensarse que la senectud le jugó una mala
pasada al entrevistado. Aylwin incurre el grave error histórico de
confundir la candidatura de Fernando Alessandri, candidato presidencial
del Partido Liberal en el año 1946, con la de Arturo Matte, candidato
en el año 1952; además, lo da como segundo, en circunstancias que
llegó tercero. En la explicación de la campaña de 1946, Aylwin siempre
habla de Arturo Matte como el candidato de los liberales y los entrevistadores
no hacen la corrección. Con todo, no puede descartarse que este desliz
sea un "macuquería" del entrevistado, porque en otras partes
de la entrevista explica la estrecha relación académica que tenía
con Fernando Alessandri, y lo cercano que era su padre de la familia
liberal y de los Alessandri. La confusión en que incurre impide preguntarle
cuál fue la reacción de Fernando Alessandri al enterarse del apoyo
de don Patricio a Eduardo Cruz-Coke. Por ello, el error puede ser
atribuido también a los entrevistadores.
Como una valoración global, me parece que debe destacarse la línea
de compromiso claro que manifiesta el ex Presidente con dos valores,
que él mismo se encarga de reforzar: la democracia como forma de gobierno
y la justicia social, como aspiración en su actuar político. La trayectoria
de Aylwin está marcada -no puede dudarse- por estos objetivos. Con
todo, no siempre sus posturas son consistentes con ellos, tal cual
el entrevistado los entiende. Por eso, no es fácil para Patricio Aylwin
justificar su postura frente al Golpe de Estado de 1973 y, en menor
medida, al apoyo que la Falange dio al gobierno de González Videla,
una vez que éste había hecho aprobar la Ley de Defensa Permanente
de la Democracia. La misma dificultad tiene el entrevistado al explicar
su posición frente al problema de los derechos humanos, al inicio
de su gobierno, cuando impulsó una solución, calificada por él mismo
como una "justicia en la medida de lo posible".
Sorprende
en Aylwin la mantención de sus posturas y, por lo mismo, la prácticamente
nula capacidad de juicio crítico respecto de sus propias actuaciones.
Con la distancia que da el tiempo, uno podría pensar que Aylwin tendría
una opinión diferente respecto de ciertas actitudes y comportamientos
que tuvo en el pasado, y que a la luz de los antecedentes que arroja
la historia, aparecen claramente como equivocaciones. Estoy pensando
en la postura de la Falange frente al comunismo en la década del 40,
que le valió una dura condena de parte del Obispo Auxiliar de Santiago;
en la defensa irrestricta de la reforma agraria, política y no social,
que impulsó el gobierno de Frei padre; y, por último, en el diálogo
que mantuvo con Allende, que tuvo mucho de retórico y nada de real,
y que sólo le sirvió al presidente suicida para ganar tiempo, que
igual al final de nada le valió. No hay juicios críticos del ex Presidente
respecto de estos comportamientos, al contrario, con fuerza sigue
sosteniendo que lo que hizo fue lo correcto. En este sentido, la entrevista
deja la sensación de un hombre que se siente vigente y, que por lo
mismo, estima que no ha llegado la hora de reconocer sus errores o
fracasos. En esta perspectiva, la negación de irregularidades relevantes
en el caso Carmengate deja el mismo sabor y confirma su actitud de
defensa de todo lo que ha hecho.
Para un aficionado a la historia de Chile, como el suscrito, no deja
de leerse con ironía ciertas respuestas que da, cuando se le pregunta
respecto del cohecho que se practicaba desembozadamente en nuestro
país hasta el año 1958, y que necesariamente la Falange Nacional debió
incurrir, en sus años de lucha eleccionaria. Aylwin sólo reconoce
haber visto indirectamente tal práctica. De otro lado, declara que
nunca ha sabido el origen de las platas con que financiaban sus propias
campañas. Ambas afirmaciones no parecen creíbles y denotan la actitud
del abogado apasionado que defiende su causa, más que al político
añoso y honesto que vuelve sobre sus propios pasos, para hacer luz
sobre la historia.
Como juicio global al político y a su trayectoria, creo que puede
afirmarse de que estamos frente a un hombre de Derecho, prestado
a la vida política, como él mismo, en respuesta a la pregunta final
del libro, manifiesta le gustaría que lo recordaran: "un hombre
de derecho y servidor de la justicia". Aylwin reconoce que entre
él y Frei Montalva, pese a las muchas coincidencias, habían diferencias,
pues, estima que Frei era más "principista" y él más pragmático.
Esta visión más abogadil de la política, fue, en mi criterio, la que
le permitió encabezar un gobierno, con un sentido legalista que debe
ser reconocido.
Pero el libro nos convida a encontrar paradojas y yo por mi parte
he descubierto algunas. Hay mucho de enigmático en Aylwin, como es
su clara postura de fe católica con un temprano ensimismamiento socialista
y la falta de comprensión del derecho de propiedad, al menos respecto
de agricultores expropiados. Su postura positiva frente al hecho llega
a tal punto, que afirma que los agricultores expropiados sólo por
extensión, tenían derecho a recibir una indemnización razonable. De
otro lado, no es consistente su postura inicial de apoyo al Golpe
de 1973, o al menos una explicación racional del mismo, con su temprana
postura crítica al Gobierno Militar. Hay algo aquí, creo, que no nos
cuenta. Por último, su explicación del gobierno demócratacristiano
es demasiado política en lo formal, y esconde las razones de fondo,
por la cuales se discutía en el seno mismo de su partido. Hay una
mera recordación de disputas y dificultades, sin que el entrevistado
nos devele, al menos, los elementos de fondo que en ellas gravitaban.
No es consistente, me parece, explicar esa lucha fratricida, únicamente
desde el ímpetu revolucionario.
En fin, en Aylwin, junto al hilo cerebral de sus respuestas y la pasión
que muestra por la justicia y la democracia, puede percibirse un profundo
impulso antiderechista, que explica muchas de sus actuaciones. Esta
última característica de su personalidad hace poco amistosa la lectura
del libro, para quien ha vivido la historia que él repasa desde esa
trinchera política, especialmente la de antes de 1973.

Jorge Baraona González
Abogado |
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