Para leer bien

Número 104/año 10
2005
 
 
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El poder de la paradoja

“14 lecciones políticas de la vida de Patricio Aylwin", de Margarita Serrano y Ascanio Cavallo, Norma, 302 págs.

He leído con interés el nuevo libro que publica el ex Presidente don Patricio Aylwin, cuyos materiales básicos fueron las entrevistas e investigaciones realizadas por un equipo de alumnos y profesores del Taller de Productos Periodísticos de la Universidad Adolfo Ibáñez. Los experimentados periodistas Margarita Serrano y Ascanio Cavallo, con nuevas indagaciones, dieron forma al libro como una larga entrevista.

Se trata de una obra que en 14 capítulos repasa la vida de uno de los políticos vivos más destacados en nuestro país. Sin seguir una secuencia histórica, las preguntas revisan los momentos más importantes del ex Presidente, desde sus inicios como estudiante de la carrera de Derecho en la Universidad de Chile, pasando por su condición de Presidente del Partido Demócrata Cristiano, en diversas oportunidades,  y su Presidencia del Senado en la crítica época de la Unidad Popular, incluyendo, naturalmente, la Presidencia de la República entre 1990 y 1994.

Lo primero que sorprende en Aylwin es la precisión, claridad y lucidez de sus respuestas, que delatan al profesor, al hombre estudioso y al profesional entendido y acucioso. Esta circunstancia no debería sorprender, si se trata de una entrevista a un hombre como Patricio Aylwin, que llegó a la primera magistratura y cuya inteligencia y habilidad política son ampliamente reconocidas. Pero ocurre que mantener tales cualidades a los 85 u 87 años -edad del entrevistado al responder- es una gracia que debe destacarse. Sólo en una parte del libro, tal como quedó editado, puede pensarse que la senectud le jugó una mala pasada al entrevistado. Aylwin incurre el  grave error histórico de confundir la candidatura de Fernando Alessandri, candidato presidencial del Partido Liberal en el año 1946, con la de  Arturo Matte, candidato en el año 1952; además, lo da como segundo, en circunstancias que llegó tercero. En la explicación de la campaña de 1946, Aylwin siempre habla de Arturo Matte como el candidato de los liberales y los entrevistadores no hacen la corrección. Con todo, no puede descartarse que este desliz sea un "macuquería" del entrevistado, porque en otras partes de la entrevista explica la estrecha relación académica que tenía con Fernando Alessandri, y lo cercano que era su padre de la familia liberal y de los Alessandri. La confusión en que incurre impide preguntarle cuál fue la reacción de Fernando Alessandri al enterarse del apoyo de don Patricio a Eduardo Cruz-Coke. Por ello, el error puede ser atribuido también a los entrevistadores.

Como una valoración global, me parece que debe destacarse la línea de compromiso claro que manifiesta el ex Presidente con dos valores, que él mismo se encarga de reforzar: la democracia como forma de gobierno y la justicia social, como aspiración en su actuar político. La trayectoria de Aylwin está marcada -no puede dudarse- por estos objetivos. Con todo, no siempre sus posturas son consistentes con ellos, tal cual el entrevistado los entiende. Por eso, no es fácil para Patricio Aylwin justificar su postura frente al Golpe de Estado de 1973 y, en menor medida, al apoyo que la Falange dio al gobierno de González Videla, una vez que éste había hecho aprobar la Ley de Defensa Permanente de la Democracia. La misma dificultad tiene el entrevistado al explicar su posición frente al problema de los derechos humanos, al inicio de su gobierno, cuando impulsó una solución, calificada por él mismo como una "justicia en la medida de lo posible".

Sorprende en Aylwin la mantención de sus posturas y, por lo mismo, la prácticamente nula capacidad de juicio crítico respecto de sus propias actuaciones. Con la distancia que da el tiempo, uno podría pensar que Aylwin tendría una opinión diferente respecto de ciertas actitudes y comportamientos que tuvo en el pasado, y que a la luz de los antecedentes que arroja la historia, aparecen claramente como equivocaciones. Estoy pensando en la postura de la Falange frente al comunismo en la década del 40, que le valió una dura condena de parte del Obispo Auxiliar de Santiago; en la defensa irrestricta de la reforma agraria, política y no social, que impulsó el gobierno de Frei padre; y, por último, en el diálogo que mantuvo con Allende, que tuvo mucho de retórico y nada de real, y que sólo le sirvió al presidente suicida para ganar tiempo, que igual al final de nada le valió. No hay juicios críticos del ex Presidente respecto de estos comportamientos, al contrario, con fuerza sigue sosteniendo que lo que hizo fue lo correcto. En este sentido, la entrevista deja la sensación de un hombre que se siente vigente y, que por lo mismo, estima que no ha llegado la hora de reconocer sus errores o fracasos. En esta perspectiva, la negación de irregularidades relevantes en el caso Carmengate deja el mismo sabor y confirma su actitud de defensa de todo lo que ha hecho.

Para un aficionado a la historia de Chile, como el suscrito, no deja de leerse con ironía ciertas respuestas que da, cuando se le pregunta respecto del cohecho que se practicaba desembozadamente en nuestro país hasta el año 1958, y que necesariamente la Falange Nacional debió incurrir, en sus años de lucha eleccionaria. Aylwin sólo reconoce haber visto indirectamente tal práctica. De otro lado, declara que nunca ha sabido el origen de las platas con que financiaban sus propias campañas. Ambas afirmaciones no parecen creíbles y denotan la actitud del abogado apasionado que defiende su causa, más que al político añoso y honesto que vuelve sobre sus propios pasos, para hacer luz sobre la historia.

Como juicio global al político y a su trayectoria, creo que puede afirmarse de que estamos frente a  un hombre de Derecho, prestado a la vida política, como él mismo, en respuesta a la pregunta final del libro, manifiesta le gustaría que lo recordaran: "un hombre de derecho y servidor de la justicia". Aylwin reconoce que entre él y Frei Montalva, pese a las muchas coincidencias, habían diferencias, pues, estima que Frei era más "principista" y él más pragmático. Esta visión más abogadil de la política, fue, en mi criterio, la que le permitió encabezar un gobierno, con un sentido legalista que debe ser reconocido.

Pero el libro nos convida a encontrar paradojas y yo por mi parte he descubierto algunas. Hay mucho de enigmático en Aylwin, como es su clara postura de fe católica con un temprano ensimismamiento socialista y la falta de comprensión del derecho de propiedad, al menos respecto de agricultores expropiados. Su postura positiva frente al hecho llega a tal punto, que afirma que los agricultores expropiados sólo por extensión, tenían derecho a recibir una indemnización razonable. De otro lado, no es consistente su postura inicial de apoyo al Golpe de 1973,  o al menos una explicación racional del mismo, con su temprana postura crítica al Gobierno Militar. Hay algo aquí, creo, que no nos cuenta. Por último, su explicación del gobierno demócratacristiano es demasiado política en lo formal, y esconde las razones de fondo, por la cuales se discutía en el seno mismo de su partido. Hay una mera recordación de disputas y dificultades, sin que el entrevistado nos devele, al menos, los elementos de fondo que en ellas gravitaban. No es consistente, me parece, explicar esa lucha fratricida, únicamente desde el ímpetu revolucionario.

En fin, en Aylwin, junto al hilo cerebral de sus respuestas y la pasión que muestra por la justicia y la democracia, puede percibirse un profundo impulso antiderechista, que explica muchas de sus actuaciones. Esta última característica de su personalidad hace poco amistosa la lectura del libro, para quien ha vivido la historia que él repasa desde esa trinchera política, especialmente la de antes de 1973.




Jorge Baraona González

Abogado
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