Sociedad

Número 104/año 11
2006
 
 
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En defensa de los abogados

¿En qué se parecen una manzana a un abogado? En que ambos se ven muy bonitos colgados de un árbol.

Chistes así son frecuentes. La verdad son muy graciosos, pero revelan ese odio que se le tiene a la profesión de la abogacía y al gremio de los abogados.

Al respecto cabe hacer varias reflexiones: ¿Son justas o injustas las opiniones odiosas contra nosotros? ¿Es moral o inmoral nuestro actuar?

Siempre se dice que nosotros, por conocer el Derecho y como funciona la máquina del Estado y las instituciones, tenemos un poder privilegiado de interactuar en la sociedad, llevándole ventaja al resto de los mortales. Se dice que usamos los resquicios legales para "salirnos con la nuestra", en perjuicio del resto.

Sin embargo, olvidan o quieren olvidar, que, cuando actuamos como abogados, actuamos en beneficio ajeno y no propio y, si alguien "se sale con la suya," es el cliente y no uno. Somos abogados; abogamos por otro, lo defendemos con lo mejor de nuestras capacidades, inteligencia y empeño. Por supuesto que hay abogados que usan sus conocimientos con fines cuestionables, pero en esto no nos diferenciamos  del resto de las personas; "de todo hay en la viña del Señor".

Por otra parte, como nos enseña Calamandrei, los abogados somos parciales por esencia. Es el juez el imparcial. Si abandonáramos nuestra parcialidad, dispondríamos de los derechos de nuestros representados, lo cual sería jurídica y éticamente inaceptable. La justicia se manifiesta en una balanza, en que cada abogado, en su parcialidad, hace pesar en la convicción del juez los derechos de su representado. El juez sopesará los hechos y aplicará justicia. Como nos enseñaba el Profesor Ricardo Gálvez Blanco, "los abogados son expertos en Derecho, los jueces, en Justicia".

La historia ha producido buenos abogados, honestos y empeñosos, personas desinteresadas que han alcanzado la grandeza verdadera, aquella que proviene del actuar generoso en servicio de la comunidad. Basta citar a tres personas ilustres de la historia: San Alberto Hurtado, Gandhi y Santo Tomás Moro.

Tres personas distintas, que vivieron en épocas diversas, una de ellas incluso de una cultura totalmente diferente, tienen, sin embargo, bastante cosas en común.

Lucharon contra injusticias. En el libro "La hora de Tomás Moro, uno contra el poder" de Peter Berglar, se cuenta con qué lealtad permaneció como súbdito obediente del Rey, y al morir, perdonando a su verdugo, dijo: "¡Muero como un verdadero y fiel servidor de mi Rey, pero de Dios primero!". El mismo fue juez y desempeñó su cargo con apego a la verdad, la justicia, su fe en Dios como Juez Supremo. San Alberto Hurtado luchó contra la pobreza, las injusticias sociales, colaborando en la acción católica, en la sindicalización no partidista, en la creación del Hogar de Cristo. Gandhi tuvo que enfrentar la opresión británica y logró la independencia de la India y preservó, en vida, la convivencia de musulmanes e hindúes.

Todos ellos fueron amantes de la paz. Creyeron y actuaron en pro de la pacificación de los hombres, en el terreno espiritual y terrenal. Sto. Tomás Moro fue fiel a su Rey, a las normas jurídicas. Particularmente calmo se lo ve en el retrato del Museo Metropolitano de Nueva York, en que el pintor Hans Holbein lo inmortalizó con su mirada calma, sobria y honesta, en contraposición a su enemigo, Thomas Cromwell (también, debo admitir, abogado), de mirada inquieta, casi pérfida (clara queda la preferencia del pintor por uno de estos antagonistas). San Alberto resistió con docilidad la incomprensión de sus superiores, siempre buscando la concordia y el entendimiento entre aquellos que se llamaban a sí mismo enemigos. Gandhi impulsó una revolución pacífica sin precedentes históricos, derrotando a un imperio con palabras, ideas y tela de tejer.

Cada uno de ellos fue humilde y sobrio, sencillo en su forma de vestir, que reflejaba su modestia genuina, evitando poses y rehuyendo honores. Gandhi abandonó el traje con corbata y usó la tela típica de la India, en señal de humildad y de lucha contra el imperio británico. San Alberto vivía tan modestamente, que costaba creerlo, según cuentan los que lo conocían bien.

Estos tres grandes hombres vivieron una espiritualidad intensa. Un sacerdote, un juez que estuvo a punto de ingresar al sacerdocio, y un líder político que basó sus ideas en lo mejor de la espiritualidad humana.

Todos ellos fueron, además... abogados.




Marcelo Muñoz Perdiguero

Abogado
 
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