En defensa de los abogados

¿En
qué se parecen una manzana a un abogado? En que ambos se ven muy
bonitos colgados de un árbol.
Chistes así son frecuentes. La verdad son muy graciosos, pero revelan
ese odio que se le tiene a la profesión de la abogacía y al gremio
de los abogados.
Al respecto cabe hacer varias reflexiones: ¿Son justas o injustas
las opiniones odiosas contra nosotros? ¿Es moral o inmoral nuestro
actuar?
Siempre se dice que nosotros, por conocer el Derecho y como funciona
la máquina del Estado y las instituciones, tenemos un poder privilegiado
de interactuar en la sociedad, llevándole ventaja al resto de los
mortales. Se dice que usamos los resquicios legales para "salirnos
con la nuestra", en perjuicio del resto.
Sin embargo, olvidan o quieren olvidar, que, cuando actuamos como
abogados, actuamos en beneficio ajeno y no propio y, si alguien
"se sale con la suya," es el cliente y no uno. Somos abogados;
abogamos por otro, lo defendemos con lo mejor de nuestras capacidades,
inteligencia y empeño. Por supuesto que hay abogados que usan sus
conocimientos con fines cuestionables, pero en esto no nos diferenciamos
del resto de las personas; "de todo hay en la viña del Señor".

Por otra parte, como nos enseña Calamandrei, los abogados somos
parciales por esencia. Es el juez el imparcial. Si abandonáramos
nuestra parcialidad, dispondríamos de los derechos de nuestros representados,
lo cual sería jurídica y éticamente inaceptable. La justicia se
manifiesta en una balanza, en que cada abogado, en su parcialidad,
hace pesar en la convicción del juez los derechos de su representado.
El juez sopesará los hechos y aplicará justicia. Como nos enseñaba
el Profesor Ricardo Gálvez Blanco, "los abogados son expertos
en Derecho, los jueces, en Justicia".
La historia ha producido buenos abogados, honestos y empeñosos,
personas desinteresadas que han alcanzado la grandeza verdadera,
aquella que proviene del actuar generoso en servicio de la comunidad.
Basta citar a tres personas ilustres de la historia: San Alberto
Hurtado, Gandhi y Santo Tomás Moro.
Tres personas distintas, que vivieron en épocas diversas, una de
ellas incluso de una cultura totalmente diferente, tienen, sin embargo,
bastante cosas en común.
Lucharon contra injusticias. En el libro "La hora de Tomás
Moro, uno contra el poder" de Peter Berglar, se cuenta con
qué lealtad permaneció como súbdito obediente del Rey, y al morir,
perdonando a su verdugo, dijo: "¡Muero como un verdadero y
fiel servidor de mi Rey, pero de Dios primero!". El mismo fue
juez y desempeñó su cargo con apego a la verdad, la justicia, su
fe en Dios como Juez Supremo. San Alberto Hurtado luchó contra la
pobreza, las injusticias sociales, colaborando en la acción católica,
en la sindicalización no partidista, en la creación del Hogar de
Cristo. Gandhi tuvo que enfrentar la opresión británica y logró
la independencia de la India y preservó, en vida, la convivencia
de musulmanes e hindúes.

Todos ellos fueron amantes de la paz. Creyeron y actuaron en pro
de la pacificación de los hombres, en el terreno espiritual y terrenal.
Sto. Tomás Moro fue fiel a su Rey, a las normas jurídicas. Particularmente
calmo se lo ve en el retrato del Museo Metropolitano de Nueva York,
en que el pintor Hans Holbein lo inmortalizó con su mirada calma,
sobria y honesta, en contraposición a su enemigo, Thomas Cromwell
(también, debo admitir, abogado), de mirada inquieta, casi pérfida
(clara queda la preferencia del pintor por uno de estos antagonistas).
San Alberto resistió con docilidad la incomprensión de sus superiores,
siempre buscando la concordia y el entendimiento entre aquellos
que se llamaban a sí mismo enemigos. Gandhi impulsó una revolución
pacífica sin precedentes históricos, derrotando a un imperio con
palabras, ideas y tela de tejer.
Cada uno de ellos fue humilde y sobrio, sencillo en su forma de
vestir, que reflejaba su modestia genuina, evitando poses y rehuyendo
honores. Gandhi abandonó el traje con corbata y usó la tela típica
de la India, en señal de humildad y de lucha contra el imperio británico.
San Alberto vivía tan modestamente, que costaba creerlo, según cuentan
los que lo conocían bien.
Estos tres grandes hombres vivieron una espiritualidad intensa.
Un sacerdote, un juez que estuvo a punto de ingresar al sacerdocio,
y un líder político que basó sus ideas en lo mejor de la espiritualidad
humana.
Todos ellos fueron, además... abogados.

Marcelo Muñoz Perdiguero
Abogado